Espacio en blanco
El niño mira a la naturaleza en silencio.
Desde su cabaña entre los árboles, sentado en el suelo de tablones de madera, sus piernas y brazos cuelgan por el borde.
Los rayos de sol atraviesan el follaje pintando la tierra con parches de luz.
El niño mira al tronco del árbol junto a él. Lo toca. Su corteza es dura y áspera y sobresale a pedazos.
También toca la madera cortada que da forma a la cabaña; se siente lisa, suave. Toca con la punta de su dedo la cabeza de un clavo encarnado en la madera.
–Cariño, baja, vamos a comer.
El niño mira ahora a su madre.
–Ma.
–Dime, amor.
El niño mira los rizos del pelo de su madre, brillantes entre la luz, la piel iluminada junto a su nariz, sus pecas.
–No quiero bajar.
Su madre sonríe.
–¿No quieres comer?
Suena el gorjeo de un pájaro cerca. El niño levanta la mirada y lo busca.
–Mira, mamá, está ahí. Tiene la cara roja.
–Lo veo. Es un jilguero.
–Hola, jilguero.
El pájaro silba, se desprende de la rama y sale volando. El niño patalea con suavidad sus pies al aire.
–Te espero en la mesa, ¿sí?
El niño asiente sin mirarla, su mentón apoyado en el listón de madera que sostiene sus brazos.
Ella desciende la pequeña colina hasta la terraza de la casa. La mesa está puesta con tres platos llanos; la brisa agita los faldones del mantel.
Una ensalada de tomate y cebolla con aceite de oliva, limón, orégano. Una cesta de mimbre; rebosan pedazos de una hogaza de pan integral. En la cocina, una olla con lentejas espera en el fuego a baja temperatura: su olor se escapa por la ventana que da a la terraza.
Ella se sienta en una de las sillas de madera y recoge de la mesa un libro de poemas. Abre por una página al azar. Acaricia el papel algo rugoso con sus yemas. Lee este:
Bailan las hojas al caer de las ramas. Llegan al suelo.
Ella levanta la mirada. Los geranios están floreciendo. En el jazmín comienzan a brotar sus pequeñas flores blancas. Cierra los ojos e inspira profundo; encuentra un poco de su olor dulzón en el aire.
Alarga la mano para alcanzar un trozo de pan. La corteza cruje en su boca, la miga está tierna y es densa. Tiene un regusto amargo, también dulce.
Oye ruido de platos dentro de la casa. Oye las pisadas de su hijo en los tablones de madera de la cabaña. Los pájaros cantando, la brisa, las ramas.
Su cuerpo está tranquilo. Su piel caliente.
Siente el pulso desde el pecho.
Siente su cuerpo latir.

