La entidad
No fui a mi graduación de la universidad. El día de la presentación de mi proyecto de fin de grado celebré con mis compañeras el fin de la carrera bebiéndonos una botella de tequila que había comprado para mi tutor. No hubo más ceremonia. Recogí el título cuando estuvo listo, lo metí en aquel tubo de plástico traslúcido que ofrecían para transportarlo y solo ha salido de ahí una única vez: para hacerle una foto que me concedió la visa para vivir en otro país. Debe de estar metido en un armario de casa de mis padres, entre abrigos, para siempre con forma de turulo.
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Hace tres años escribí una novela que quería hablar de la identidad. La escribí sin saber que iba en busca de aquello: la distancia entre la identidad y el yo. La escribí viajando por Japón durante tres meses. Allí nada me resultaba familiar; eso me sirvió de ancla. Creé un personaje que estaba alejado de mí, pero no demasiado. Creí que hablaría del duelo. Hablé de otras cosas. De la búsqueda, por ejemplo.
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Recuerdo una conversación que mantuve con mi amiga Marybel hace tiempo. Apenas acabábamos de conocernos todo el grupo de escritura. Diría que fue la primera conversación que estableció un vínculo entre los dos. En una de aquellas fiestas, en casa de Tamara, recuerdo, junto a la terraza. Hablamos de vidas pasadas. Marybel me dijo que ella sentía haber vivido una guerra. La sangre germana caliente, la confrontación con los romanos. Todo aquello de lo que ella escribe con fervor.
Ese recuerdo me lleva hasta sus personajes: Flavio imaginando a Vibeke en aquel patio bajo el roble.
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Cuando era niño quería ser actor. Estoy casi seguro de que lo que quería era ser Indiana Jones, pero alguien debió de decirme que eso era un personaje, que no existía, y que Harrison Ford era el actor que lo interpretaba. Así que yo quería ser actor, supongo que para que el deseo fuera realista.
Ahora, si pienso en ese oficio, siento que me habría gustado. Debe ser un trabajo que sacude los cimientos: intentar ser una y otra y otra persona cada vez. Me parece un buen trabajo, dedicarse a batallar entre la victoria y la derrota del yo.
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No quiero dejar de mencionar a Taiwán, creo que viene al caso.
Taiwán quiere ser otra, seguir adelante. Pero está China, que no le deja, y la aprisiona contra un futuro deformado por el pasado que habrían sido.
Taiwán vive encadenada a dos ideas y cada una le tira de un brazo.
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Mi nombre me es impropio cuando lo observo fijamente. Si lo pronuncio, o lo leo, cuando lo escribo en cualquier documento, si le presto la atención suficiente, me resulta extraño. Como si estuviera hueco o algo. Como si fuera un cascarón que fuese a romperse si lo aprieto.
Algo así me ocurre también con los rostros. Desde niño me gusta hacer un ejercicio que no sé cuándo descubrí. Miro en una foto la cara de alguien conocido. La miro y la miro sin apartar la vista, hasta que se apartan la mente y las emociones conectadas a ese rostro. Llega un momento en que la cara se me hace ajena, desligada de mi idea de esa persona. Y se me aparece como la de un desconocido. Dura apenas un momento, esa sensación, a no ser que sea capaz de mantener la atención con firmeza sin que la mente entre en juego, como ocurría con esos libros de imágenes con patrones 3D escondidos: si mantenías la mirada y el foco, nacía la forma oculta; si perdías alguna de las dos, desaparecía.
Volviendo al nombre, resulta que mi amiga Ana y yo compartimos un apellido, y ella descubrió que su apellido es falso, se lo inventó su abuela, no sabemos por qué. No sé cómo sentirá Ana ese apellido desde entonces, pero yo ahora miro al mío y a veces me da risa. Alguien se lo habrá tenido que inventar.
A veces pienso que me gustaría cambiarme el nombre. Como hacen los artistas, o los monjes, o los transgénero. Llamarme algo impronunciable, así como se llamó el artista antes conocido como Prince.
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No he hablado de mi vida pasada, en aquella conversación con Marybel.
Le dije que yo siento haber sido marinero. No hay cosa tan ajena a mi vida que me produzcan tanta nostalgia como una embarcación flotando entre el agua oscura y un cielo encapotado.
También siento que ya he conocido a la muerte, tengo la sensación de haberme ahogado en el mar.
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En realidad, pienso que este ejercicio trabaja en términos muy similares a los de la última vez. Yohaku no bi (余白の美): la belleza del espacio negativo.
Mi identidad se forma como pastiches a los que me aferro. El silencio que queda entre un momento de definiciones y otro: ahí se refleja algo bello.
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Hay una escena que ha definido quien soy ahora mismo: un viaje en moto por la costa este de Taiwán. A un lado las montañas encrespadas de verde radiante, el cielo chillando celeste, al otro lado el Pacífico, sosegado y profundo. Ese discurrir entre las curvas con la mirada absorbiéndolo todo, tomando aire a bocanadas, con cada uno de los poros abiertos. Soy, en parte, ahora mismo, ese anhelo de emoción sobrepasada de libertad, de apertura, de mis manos alargadas deseando alcanzarlo todo.
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El otro día, en el psicólogo, él me dijo algo que me gustó. Me dijo:
–Si metes la mano en un cubo de agua, te mojas. No puedes no mojarte.
Eso rompió quien he sido.
Lo que quiero decir es que se me acaba el capítulo.
Estoy dejando caer la piel. Una vez más.
Un abrazo,
p.

